Las ventanas de mi vida

¿Cómo es la relación con quienes nos rodean?

¿Tenemos comportamientos que dañan a los que más queremos?

¿Te gustaría cambiar positivamente, o simplemente abandonas la posibilidad?

Óscar García Coach

El grupo de Embajadores Emocionales del proyecto Time to Feel se gesta con la intención natural de apoyar a la comunidad por medio del reconocimiento y entendimiento de las emociones en las organizaciones y en los hogares.

Este gran grupo optimiza la alianza estratégica de mi fundación CoachMe Life and Business con Actitud News y ASNIE, la Asociación Nacional de Inteligencia Emocional de España.

En la última sesión de aprendizajes con los embajadores, surgió una pregunta poderosa: ¿Qué pasa en una relación donde no se conversan todos los temas e inquietudes que queremos decir y, como consecuencia, no se generan acuerdos emocionales positivos?

¿Qué emociones se enquistan en el ser humano cuando pasa por un mal momento, y como consecuencia empieza a descuidarse al no conseguir “salir adelante” con sus sueños y/o proyectos?

¿Cómo puedo reconocer de manera consciente esos comportamientos inadecuados o conductas no correctas que producen mucho daño y nos somos capaces de marcar límites sanos?

 ¿Somos de los optimistas ilusos que, sin hacer nada, seguimos esperando porque «ya vendrán tiempos mejores»?

Buscando explicarme, me apoyé en los trabajos del psicólogo Philip Zimbardo, colaborador de la Universidad de Standford, quien desarrolló en el año 1969 un sugestivo experimento inspirado en la Teoría de las Ventanas Rotas, de James Wilson y George Kelling.

El experimento social de Wilson y Kelling se realizó con la intención de indagar el comportamiento humano desde el punto de vista criminológico. Sus hallazgos afirman que el delito es mayor en aquellas zonas donde el descuido, la suciedad, el desorden y el maltrato son mayores.

Hoy, mi enfoque tiene la intención de mostrarlo desde un punto de vista distinto, para lo cual detallo en qué consistía el famoso experimento de Zimbardo. El primer paso fue abandonar un automóvil en un lugar con “mala fama”, una zona pobre, peligrosa y con una elevada tasa de delincuencia. Seleccionaron el Bronx, en Nueva York.

El auto estaba en las peores condiciones: placas fuera de lugar, como si las hubieran querido robar, las puertas abiertas y sin protección. Observaron que, en menos de una hora, el automóvil empezó a ser desvalijado. En tres días ya no existía nada de valor en él, todo estaba deshecho.

El experimento prosiguió. Dejaron otro vehículo, idéntico al anterior y en similares condiciones, pero en este caso en un barrio considerado de alto nivel económico, máxima educación y alta seguridad, para ello seleccionaron Palo Alto, California. Sorprendidos, observaron que durante más de una semana no le pasó nada, permaneció igual. Hasta aquí podríamos decir que el resultado era el esperado, pero…

Un tercer paso consistió en intervenir el vehículo. Con martillos abollaron la carrocería y rompieron el cristal de una ventana. El resultado fue sorprendente, el vehículo pasó de un estado impecable a mostrar signos de maltrato y deterioro.

 Entonces se confirmó la teoría que manejaba el investigador: A partir del momento en que el coche mostró un visible deterioro, los habitantes de Palo Alto se manifestaron contra el vehículo a la misma velocidad que lo habían hecho los habitantes del Bronx.

Una conclusión poderosa nos regala la Teoría de las Ventanas Rotas: si en un auto, edificio o casa, se rompe una ventana y no la arreglamos pronto, inmediatamente el resto del objeto o situación corre peligro. El mensaje claro de este experimento es: “Aquí nadie cuida de esto, esto está abandonado, me ensaño”.

Como conclusión importante, si no importa el objeto abandonado, no hay problema en dejarlo para seguir destrozándolo.

Al aplicar esta teoría en nosotros, en nuestras vidas, debemos preguntamos: ¿Qué sucede si no vemos que algo está dañado y lo hemos dejado abandonado? ¿Qué pasa si, aferrados a no escuchar o reconocer, no queremos darnos cuenta de que algo se ha roto en nuestra vida y es necesario repararlo?

Estoy seguro de que esto nos ha sucedido a todos en más de una ocasión y hasta es comprensible desarrollar sentimientos como odio, resentimiento, orgullo, miedo y temor a sentirnos vulnerables; todos ellos nos detienen en momentos estratégicos, cuando podríamos darnos cuenta de que debemos reparar una ventana rota.
Pero no, seguimos esperando que sea la otra persona la que se disculpe “porque es la que tiene la culpa de todo lo que me pasa”, y vamos dejando que el abandono destruya la relación.
¿Cuántos de nosotros negamos ser rencorosos y mucho menos aceptamos que nos gana el orgullo, pues “jamás hemos actuado con celos”, cuando en realidad sí lo hemos hecho?
Hay una categoría más impactante, los que reconocemos esos sentimientos, los aceptamos, pero no reparamos nuestras ventanas rotas.

Mi propia conclusión es: no tendríamos heridas tan profundas si en el mundo reparáramos lo que no funciona desde la humildad, el cariño y la cooperación.

Es una maravilla el éxito de nuestro programa Time to Feel, donde cada 15 días, los domingos, abrimos un espacio emocional que nos brinda la oportunidad de reconocer dónde están nuestras ventanas rotas. Gracias por seguirme en mi página Lic. Oscar García Coach, donde creemos que siempre es más sabio centrarnos en la solución y no en el problema.

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